sábado, 15 de julio de 2017

Liu Xiaobo


El fallecimiento del escritor y disidente chino Liu Xiaobo pone, una vez más, en evidencia la falta de libertades fundamentales en la República Popular China. Estaba con arresto domiciliario por ser uno de los signatarios de la Carta 08, en la que tres centenares de disidentes chinos reclaman el respeto a libertades esenciales como expresión, asociación, conciencia, culto, equilibrio de poderes, economía de mercado y justicia independiente, su voz y accionar han intentado ser acallados dentro y fuera de China. No se le permitió viajar a Noruega cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2010; tampoco se le dio permiso para trasladarse al exterior y seguir un tratamiento para el cáncer que lo llevó a la muerte. 
Las autoridades rápidamente arrojaron un manto de silencio sobre la muerte del disidente chino; infortunadamente, las naciones democráticas no se hicieron eco del pedido de tratamiento para Liu Xiaobo, porque China hace sentir su peso económico al ser un gigantesco mercado, así como también como inversor. 
Cuando ocurrió la masacre de Tiananmen, en 1989, Liu Xiaobo estaba realizando estudios en Estados Unidos, y retornó a su país para sumarse activamente a los grupos disidentes que exigían la "quinta modernización": la democratización de la República Popular China. La represión brutal del régimen contra los estudiantes, provocó una reacción de las naciones democráticas que aislaron diplomáticamente a China, hasta 1992, cuando volvió tímidamente a estar presente en la Cumbre de Río de Janeiro sobre medio ambiente. 
Liu Xiaobo no sólo cobró notoriedad internacional por su obra literaria, sino también por su brega permanente por el respeto a los derechos humanos en China. Así fue como en 2008 se solidarizó con los tibetanos y llamó al gobierno chino a dialogar con el Dalai Lama. En ese mismo año, en el que se cumplían 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, un grupo de disidentes presentó la Carta 08, inspirados en la Carta 77 de Checoslovaquia. La similitud es que ambas fueron impulsadas por destacados intelectuales; la diferencia, es que para Checoslovaquia el régimen totalitario era sostenida por una fuerza externa, la Unión Soviética, en tanto que en China es un partido-ejército local. En los dos casos, la respuesta de los gobiernos fue que se trataba de elementos subversivos que buscan alterar el orden, y alentaron a la población a no pensar en la política -monopolio de los partidos comunistas- y que se dedicaran, en cambio, a consumir. 
La muerte del disidente Liu Xiaobo coincide con el creciente silenciamiento de las voces opositoras en Hong Kong, en donde cuatro legisladores elegidos por el voto popular fueron removidos de sus bancas por no haber jurado lealtad a la República Popular China. En estas circunstancias, la presidente Tsai Ingwen, de Taiwan, hizo un llamamiento a la democratización de la República Popular China, lo que constituye un elemento nítido de diferenciación de la evolución que han tenido estos dos actores políticos durante los últimos treinta años. Taiwan encaró y desarrolló su camino franco hacia la democracia liberal; China continental, en cambio, reforzó el poder del Partido Comunista, a la par que despliega una diplomacia de presión activa para acallar toda voz crítica dentro y fuera del país.

martes, 11 de julio de 2017

La cumbre del G 20.

La cumbre del G-20, en Hamburgo, tiene algunas particularidades por las que será recordada: en el largo plazo, el elemento más significativo será la neta diferencia de criterios entre el presidente Donald Trump con el resto de los líderes de las naciones occidentales en cuestiones cruciales como el libre comercio, la agenda medioambiental y los procesos de integración.
En los años setenta, se fue creando el G-7. Primero fueron cinco los países desarrollados los que se reunían: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Japón. A estos se sumaron Italia y luego Canadá, conformando el G-7. Era un foro para articular políticas comunes en tiempos de la guerra fría y de las dos crisis del petróleo, que obligaron a estas naciones a coordinar decisiones macroeconómicas así como estrategias frente a los desafíos de los conflictos internacionales. Tras la desaparición de la URSS, a fines de los años noventa se creó el G-8, ya que el G-7 sumaba a la Federación de Rusia por su importancia política y militar. El G-8 se siguió reuniendo hasta el 2014, cuando los países del G-7 aplicaron sanciones a Rusia por su invasión a la península de Crimea.
No obstante, en forma paralela se optó por un foro ampliado que pudiera integrar economías emergentes y una representación geográfica estratégica, que pudiera resumir diferentes situaciones y ópticas. De allí que se sumara a la República Popular China, Corea del Sur, Australia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Argentina, Brasil, México, Indonesia, India y Turquía, así como la Unión Europea en su conjunto.
Más allá de que los compromisos asumidos por el G-20 no tienen un mecanismo de sanción para quien no los cumpla, se trata de un evento crucial para poner en el primer plano de la discusión mundial aquellos elementos que son ineludibles en la agenda, y a los que ningún país puede dar una respuesta por sí solo. De allí que se encaren problemas como el cambio climático, el libre comercio, los procesos de integración, la reducción de la pobreza, las migraciones y el terrorismo.
Es claro que el personaje disruptivo ha sido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, errático en sus pensamientos y decisiones. Antes de arribar a Hamburgo, visitó Polonia y dio un encendido discurso a la medida de las aspiraciones nacionalistas en esa nación, con un fuerte contenido contrario a Rusia. Con este gesto y estas palabras, Trump busca distanciarse de su propia pesadilla del Rusiagate, ya que hay cada vez mayores indicios de que el régimen de Vladímir Putin contribuyó a perjudicar a la candidata Hillary Clinton en la campaña presidencial de 2016, y que en esto habría habido connivencia con el círculo más cercano de Trump. Por otro lado, el actual gobierno polaco es de tinte euroescéptico pero a la vez necesita a la Unión Europea para no quedarse aislada; con lo que la visita de Trump le permite mostrar un margen de autonomía frente a Bruselas, sin salirse del club.
La reciente salida de Estados Unidos del Acuerdo de París por el cambio climático, en la que volvió a insistir Donald Trump en Hamburgo, ha expuesto una fisura en el bloque occidental. Por el momento, esta decisión no ha arrastrado a otros países a tomar el mismo derrotero, y es un hecho singular que la República Popular China, uno de los grandes contaminantes del planeta, aún no lo haya hecho, quizás como una medida diplomática y no por convicción sincera. Resulta evidente que Xi Jinping busca que su país juegue como un actor global, y la oportunidad es la de presentarse como un alter ego de Trump, de allí que prometa mantener el acuerdo sobre cambio climático. Sea como fuere, la actitud del gobierno estadounidense puede provocar la salida o desinterés de otras naciones, con lo que el Acuerdo de París puede convertirse en letra muerta.
Donald Trump también fue la nota discordante en cuanto al libre comercio, pero en esto los europeos se adelantaron al darle un nuevo impulso a las negociaciones con Japón para un tratado. Un bloque económico y una nación que, en términos generales, se han caracterizado por políticas proteccionistas en rubros como la agricultura y los automóviles, finalmente optan por sentarse a debatir estas cuestiones puntuales, a fin de compensar el muro que la presidencia de Trump está generando en el intercambio mundial. Es una actitud radicalmente diferente a la ensayada en el triste período de entreguerras, cuando todos los países comenzaron a encerrarse tras barreras tarifarias, creyendo que la autarquía los haría invulnerables ante un nuevo conflicto planetario.
Las discrepancias de Trump con la Unión Europea no pueden ser compensadas con el intento de acercamiento a Rusia. El presidente Putin tiene una agenda internacional clara: provocar la separación de la Unión Europea; intervenir en favor de Bashar al Assad en Siria, en alianza con Irán; sostener al régimen de Corea del Norte, para contrarrestar el peso estadounidense de Estados Unidos en Asia Oriental; preservar a Crimea en la Federación de Rusia. En los últimos tres puntos, la colisión con Donald Trump es inevitable.
El protagonismo de Trump en la arena internacional no puede tapar la creciente sospecha de su participación en el Rusiagate, lo que irá debilitando su credibilidad interna. Habremos de ver si logra sortear esta situación en los próximos meses, o si seguirá creciendo como una bola de nieve que pueda arrastrar al Partido Republicano.
El G-20 de este año ha servido para mostrar el juego de cada país en el tablero, con nuevos posicionamientos y estrategias. Ante el desinterés del actual gobierno de los Estados Unidos por Europa, el eje franco-alemán cobra protagonismo en busca de un mayor espacio para preservar una economía global que se rija por acuerdos multilaterales y reglas de juego claras y transparentes.

lunes, 3 de julio de 2017

Hong Kong: 20 años en la República Popular China.


Por el Tratado de Nanking, celebrado en 1842 tras la primera guerra del opio entre el Reino Unido y el Imperio Chino de la dinastía Qing, la rocosa isla de Hong Kong pasó a ser colonia británica. Luego se anexaron otros territorios a la misma, hasta que en 1898 se añadieron partes del continente, a fin de servir como barrera de contención y zona agrícola para la colonia. Esta posesión sirvió como punto de enlace del comercio británico con China meridional, depósito de bienes -que incluía el opio- de importación y exportación, talleres de reparación de navíos y puerto de salida para los emigrantes chinos hacia otras latitudes, como la costa del Pacífico de los Estados Unidos. Esta situación se mantuvo hasta la segunda guerra mundial, cuando la colonia fue invadida por los japoneses, a pesar de la resistencia de las escasas tropas allí localizadas, que incluían un contingente canadiense.
Los británicos recuperaron la posesión de Hong Kong en 1945, a pesar de las aspiraciones del gobierno nacionalista chino de Chiang Kai Shek. Tras la creación de la República Popular China en 1949 en China continental, y el gobierno nacionalista alojado en la isla de Taiwán, Hong Kong permaneció como un reducto occidental. Esta colonia se fue convirtiendo en uno de los más centros financieros más grandes del planeta, además de prosperar con su industria textil y astilleros. Lejos de hundirse por su desconexión comercial con el sur de China, se dio un salto cualitativo por su apertura económica. Las claves fueron el sistema jurídico británico, el llamado common law, y la economía de mercado. Fueron sus instituciones estables y liberales las que sirvieron como marco jurídico al despliegue del Hong Kong de la posguerra.
Pero ya en los años ochenta, las autoridades británicas y chinas comenzaron la discusión sobre el fin del tratado de arriendo de 1898, que se había celebrado por 99 años. Esto implicaba la devolución de las parcelas continentales de Hong Kong en 1997. Ya el Reino Unido no era el Imperio Británico de antaño, por lo que se estipuló que Hong Kong era una unidad, y que como tal debía negociarse su restitución a China. 
En 1984, siendo Margaret Thatcher la primer ministro británica, se celebró la Declaración Conjunta Sino-Británica, por la que se estableció que Hong Kong habría de gobernarse desde 1997 hasta 2047 por la Ley Básica (Basic Law) como una región administrativa autónoma dentro de la República Popular China. La Basic Law protege durante cincuenta años la vigencia del common law, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno a través de una legislatura. Es decir: preserva las libertades fundamentales de los habitantes de Hong Kong, en el marco de la política de "un país, dos sistemas". Entre 1992 y 1997, el último gobernador británico de la colonia, el político conservador Chris Patten, dejó plantada la semilla de la libertad política, ya que impulsó la introducción de un sistema electoral en el cual los ciudadanos votaban directamente un tercio de la legislatura, y el resto a través de un sistema corporativo con representación de las empresas, gremios, asociaciones religiosas. Esto significó el nacimiento de partidos políticos que, en su gran mayoría, se oponen al régimen represivo existente en la República Popular China.
Desde 1997 hasta hoy, los sucesivos gobiernos de la República Popular China están intentando debilitar los aires democratizantes que vienen desde Hong Kong y que pretenden ir ganando terreno en el resto del país. Los gobernadores de Hong Kong son elegidos de una terna de candidatos, que siempre responden a los deseos de Beijing. Movimientos por la libertad política como la "revolución de los paraguas" van ganando terreno en la opinión pública de Hong Kong, y reivindican una mayor autonomía -e incluso la independencia- frente a la República Popular China.
La gran debilidad de Hong Kong reside en que la Basic Law no es más que una ley que puede ser derogada por el gobierno de Beijing, y que hasta ahora ha mantenido por su propia conveniencia. Se pretende seducir, desde el continente, a Taiwán con el modelo de "un país, dos sistemas", a fin de reunificar a ambas partes. 
La reciente visita del presidente Xi Jinping y el despliegue de fuerzas militares, son señales de que el régimen del Partido Comunista chino pretende poner vallas a los sentimientos liberales que se respiran en Hong Kong. La nueva gobernadora Carrie Lam se encuentra en perfecta sintonía con la política de Beijing, con lo que se anticipa una severa confrontación con sus conciudadanos. 
Habremos de ver si Hong Kong gana las mentes del resto de los chinos con su ejemplo de democracia liberal -a pesar de todas sus limitaciones-, Estado de Derecho y economía de mercado, o si bien se deja someter a un sistema de partido único, con libertades restringidas y tuteladas por el Estado.