lunes, 3 de marzo de 2014

Tocqueville, Smith y Putin.

En la última página de las conclusiones del primer tomo de La Democracia en América, cerrando el volumen de uno de los textos más preclaros de la filosofía política del siglo XIX, Alexis de Tocqueville comparaba los avances de los rusos y estadounidenses hacia sus nuevas fronteras. El pensador y político galo puso énfasis en el carácter militar y fuertemente autocrático del imperio zarista: el ruso "concentra en un hombre todo el poder de la sociedad". 
Esta constante de la historia rusa ha llegado hasta hoy: desde los zares autócratas, pasando por los líderes soviéticos y ahora con los presidentes post-soviéticos, no han sido capaces de crear instituciones que equilibren el poder del Ejecutivo, ni en lo horizontal ni desde las regiones: lo más acertado sería concluir que no han querido hacerlo. 
Vladimir Putin es heredero de las viejas aspiraciones imperiales que comenzaron a establecerse en el principado de Moscovia, cuando Iván III contrajo matrimonio en 1472 con Zoe Paleogonina, nieta del emperador bizantino Constantino IX. Con ella arribó la corte del fenecido imperio, y llevaron los conceptos políticos y religiosos de la autocracia césaro-papista, la idea de Moscú como "la tercera Roma" y los símbolos como el águila bicéfala, que mira a Oriente y Occidente, con ansias de dominio universal. El término "zar" deriva de "caesar". Si bien la expansión rusa no fue siempre encabezada por sus militares -hacia el Este, quienes abrieron el camino fueron los cazadores de pieles-, esta fuerte impronta atravesó todas las etapas de su historia, aun en la aparente ruptura del socialismo que, en definitiva, no fue sino otra religión de pretensiones universales.
¿Está Occidente en condiciones de responder a la invasión rusa a Ucrania? Putin es especialmente sensible a la imagen que proyecta, y así lo ha demostrado con los juegos olímpicos de Sochi. Pretende recordar al planeta que Rusia ha vuelto a ser uno de los grandes países, tras aquellos años de fragilidad tras el colapso soviético. Pero su economía no es sólida y no puede enemistarse con su principal cliente: la Unión Europea. El gobierno de la República Popular de China no lo acompañará en esta aventura, ya que esta intervención en Crimea va en sentido contrario a uno de sus postulados más caros: el rechazo a todo separatismo, pensando en las reivindicaciones independentistas del Tíbet y Xinjiang.
Más allá de las sanciones que Occidente pueda blandir contra Rusia, lo que todas las partes quieren obtener es una ganancia: ninguno quiere mostrar que ha sido débil o que cedió ante la presión de los demás. Putin debe ser plenamente consciente de sus debilidades, pero no las exhibirá, ni mucho menos las reconocerá.
Parafraseando a Adam Smith en La riqueza de las naciones, no es de la benevolencia de Vladimir Putin que debamos esperar la paz y el respeto a la independencia de Ucrania, sino a su propio interés. 

Bibliografía consultada:

Patrick March, Eastern Destiny: Russia in Asia and North Pacific. Westport, Praeger, 1996.
John P. LeDonne, The Grand Strategy of the Russian Empire, 1650-1831. New York, Oxford University Press, 2004.

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