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Del vellocino de oro a Sevastopol.

Nos cuenta Apolonio de Rodas, en su Argonáuticas, que Jasón partió con un grupo de héroes hacia la Cólquide (actual Georgia), en el Este del Mar Negro, en busca del vellocino de oro. Esta era la lana áurea de un carnero de grandes poderes que fue sacrificado en honor a Zeus. Jasón partió junto a los valerosos argonautas para obtener el vellocino sagrado, una proeza que le ayudaría a reclamar su derecho legítimo al trono de Yolco.
El llamado Ponto Euxino, hoy Mar Negro, formaba parte del mundo griego. Troya o Ilión estaba ubicada próxima a los estrechos que comunican al Egeo con el Mar Negro, controlando el acceso a las tierras fértiles del Este. 
La ciudad de Bizancio, luego Constantinopla, hoy Estambul, desplegada en el estratégico estrecho del Bósforo a escasos kilómetros del Mar Negro, fue capital de imperios centenarios, el Bizantino -Romano de Oriente- y el Otomano. Tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos, parte de la corte imperial emigró hacia Moscú, entonces capital del principado de Moscovia.
Alcanzar las costas del Mar Negro fue una ambición imperial y estratégica de los zares. Los tátaros, pueblo turcomano, establecieron el janato en Crimea -último vestigio de la Horda de Oro- que fue tributario del Imperio Otomano hasta mediados del siglo XVIII. Para los turcos, su política en el Mar Negro consistía en mantener la tranquilidad de las aguas -entonces un "lago" interior de sus vastas posesiones-, en tanto que las estepas de lo que hoy son Ucrania y el sur de Rusia debían mantenerse en estado de conflicto, una gran región sin límites naturales que contuviera el avance de los moscovitas. Los zares, muy por el contrario, buscaron lo opuesto: dominar y pacificar las estepas, y llegar a las aguas cálidas del Mar Negro, creando puertos con una fuerza naval capaz de enfrentar a los turcos. Si aproximamos la lupa y observamos los detalles, en rigor los turcos no dominaban estrictamente todas las costas del Mar Negro, sino que tenían reinos, janatos y principados vasallos a los que controlaban con fortalezas ubicadas en puntos estratégicos en las costas. El sultán otomano pudo vanagloriarse, durante casi tres siglos, de ser el señor de dos mares, el Negro y el Egeo, logrando eliminar la piratería en esas aguas, además de establecer el monopolio comercial en ellas.
Las estepas, entonces, eran una gran región en conflicto entre tátaros, moscovitas, polacos y cosacos. Los tátaros de Crimea capturaban hombres y mujeres para venderlos como esclavos en los mercados de Estambul; los cosacos, mezcla de eslavos y tátaros, apartados de sus orígenes, combatían alternativamente contra unos u otros. Nikolai Gogol nos ha legado el relato sobre algunas de esas batallas esteparias en su célebre Tarás Bulba
Esos cosacos se enfrentaron a los turcos, procurando la conquista de la fortaleza de Azov. Serán los rusos quienes logren, con lentitud y persistencia, alcanzar las costas del mar de Azov, luego quebrando el monopolio marítimo de los otomanos en el Mar Negro, durante el siglo XVIII. Se podría afirmar que ese mar interior dejaba de ser puramente asiático, para convertirse en una frontera entre ambos continentes.
Con los tratados de Karlowitz (1699) y Estambul (1700) se inició el retroceso otomano. Lo siguieron el de Belgrado (1739) que otorgaba la fortaleza de Azov a los rusos y reconocía derechos limitados al comercio naval ruso en el mar, y el tratado de Küçük Kaynarca (1774) que eliminaba las restricciones a la navegación mercantil rusa, ampliado en los decenios posteriores a otras naciones. En este documento, el Imperio de Rusia reconocía la independencia del janato de Crimea, que ya dejaba de ser vasallo de los otomanos, hasta que la zarina Catalina anexó la península en 1783. El príncipe Potiemkin, protegido y favorito de la zarina, fundó el puerto de Sevastopol, fortaleza de la Armada rusa.
Por los tratados de Adrianópolis y Hünkar Iskelesi los otomanos reconocieron a los rusos el libre paso por los estrechos del Bósforo y Dardanelos, cediendo el Sultán nuevos territorios en la orilla septentrional. La guerra de Crimea desbarató en gran parte los planes rusos, ya que el Mar Negro fue declarado neutral, pero desde San Petersburgo se repudió esta situación en la guerra de 1877-78. Fue la diplomacia franco-británica la que sostuvo al Imperio Otomano, entonces ya devenido en el "hombre enfermo de Europa".
Y es que los zares aspiraban a recuperar Constantinopla para la Cristiandad: este fue un mito imperial que dio vida al desarrollo de la estrategia rusa hacia el Mar Negro, el Egeo y al debilitamiento del Imperio Otomano. Sevastopol era el centro del poder naval en el sur, con aspiraciones a proyectarse hacia el Mediterráneo. 
A la ocupación de Estambul y el control de los estrechos aspiró la diplomacia zarista durante la primera guerra mundial, que soñaba con denominar "Tsargrad" (la ciudad del Zar) a la vieja Constantinopla. 
Pero estos argonautas no llegaron a arrebatar el vellocino de oro y perdieron el favor de los dioses.


Bibliografía consultada:

Charles King, The Black Sea: A History. Oxford, Oxford University Press, 2004.
Pia Guldager Bilder y Jane Hjarl Petersen (comp.), Meetings of Cultures in the Black Sea Region. Aarhus, Aarhus University Press, 2008.

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