sábado, 15 de julio de 2017

Liu Xiaobo


El fallecimiento del escritor y disidente chino Liu Xiaobo pone, una vez más, en evidencia la falta de libertades fundamentales en la República Popular China. Estaba con arresto domiciliario por ser uno de los signatarios de la Carta 08, en la que tres centenares de disidentes chinos reclaman el respeto a libertades esenciales como expresión, asociación, conciencia, culto, equilibrio de poderes, economía de mercado y justicia independiente, su voz y accionar han intentado ser acallados dentro y fuera de China. No se le permitió viajar a Noruega cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2010; tampoco se le dio permiso para trasladarse al exterior y seguir un tratamiento para el cáncer que lo llevó a la muerte. 
Las autoridades rápidamente arrojaron un manto de silencio sobre la muerte del disidente chino; infortunadamente, las naciones democráticas no se hicieron eco del pedido de tratamiento para Liu Xiaobo, porque China hace sentir su peso económico al ser un gigantesco mercado, así como también como inversor. 
Cuando ocurrió la masacre de Tiananmen, en 1989, Liu Xiaobo estaba realizando estudios en Estados Unidos, y retornó a su país para sumarse activamente a los grupos disidentes que exigían la "quinta modernización": la democratización de la República Popular China. La represión brutal del régimen contra los estudiantes, provocó una reacción de las naciones democráticas que aislaron diplomáticamente a China, hasta 1992, cuando volvió tímidamente a estar presente en la Cumbre de Río de Janeiro sobre medio ambiente. 
Liu Xiaobo no sólo cobró notoriedad internacional por su obra literaria, sino también por su brega permanente por el respeto a los derechos humanos en China. Así fue como en 2008 se solidarizó con los tibetanos y llamó al gobierno chino a dialogar con el Dalai Lama. En ese mismo año, en el que se cumplían 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, un grupo de disidentes presentó la Carta 08, inspirados en la Carta 77 de Checoslovaquia. La similitud es que ambas fueron impulsadas por destacados intelectuales; la diferencia, es que para Checoslovaquia el régimen totalitario era sostenida por una fuerza externa, la Unión Soviética, en tanto que en China es un partido-ejército local. En los dos casos, la respuesta de los gobiernos fue que se trataba de elementos subversivos que buscan alterar el orden, y alentaron a la población a no pensar en la política -monopolio de los partidos comunistas- y que se dedicaran, en cambio, a consumir. 
La muerte del disidente Liu Xiaobo coincide con el creciente silenciamiento de las voces opositoras en Hong Kong, en donde cuatro legisladores elegidos por el voto popular fueron removidos de sus bancas por no haber jurado lealtad a la República Popular China. En estas circunstancias, la presidente Tsai Ingwen, de Taiwan, hizo un llamamiento a la democratización de la República Popular China, lo que constituye un elemento nítido de diferenciación de la evolución que han tenido estos dos actores políticos durante los últimos treinta años. Taiwan encaró y desarrolló su camino franco hacia la democracia liberal; China continental, en cambio, reforzó el poder del Partido Comunista, a la par que despliega una diplomacia de presión activa para acallar toda voz crítica dentro y fuera del país.

martes, 11 de julio de 2017

La cumbre del G 20.

La cumbre del G-20, en Hamburgo, tiene algunas particularidades por las que será recordada: en el largo plazo, el elemento más significativo será la neta diferencia de criterios entre el presidente Donald Trump con el resto de los líderes de las naciones occidentales en cuestiones cruciales como el libre comercio, la agenda medioambiental y los procesos de integración.
En los años setenta, se fue creando el G-7. Primero fueron cinco los países desarrollados los que se reunían: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Japón. A estos se sumaron Italia y luego Canadá, conformando el G-7. Era un foro para articular políticas comunes en tiempos de la guerra fría y de las dos crisis del petróleo, que obligaron a estas naciones a coordinar decisiones macroeconómicas así como estrategias frente a los desafíos de los conflictos internacionales. Tras la desaparición de la URSS, a fines de los años noventa se creó el G-8, ya que el G-7 sumaba a la Federación de Rusia por su importancia política y militar. El G-8 se siguió reuniendo hasta el 2014, cuando los países del G-7 aplicaron sanciones a Rusia por su invasión a la península de Crimea.
No obstante, en forma paralela se optó por un foro ampliado que pudiera integrar economías emergentes y una representación geográfica estratégica, que pudiera resumir diferentes situaciones y ópticas. De allí que se sumara a la República Popular China, Corea del Sur, Australia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Argentina, Brasil, México, Indonesia, India y Turquía, así como la Unión Europea en su conjunto.
Más allá de que los compromisos asumidos por el G-20 no tienen un mecanismo de sanción para quien no los cumpla, se trata de un evento crucial para poner en el primer plano de la discusión mundial aquellos elementos que son ineludibles en la agenda, y a los que ningún país puede dar una respuesta por sí solo. De allí que se encaren problemas como el cambio climático, el libre comercio, los procesos de integración, la reducción de la pobreza, las migraciones y el terrorismo.
Es claro que el personaje disruptivo ha sido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, errático en sus pensamientos y decisiones. Antes de arribar a Hamburgo, visitó Polonia y dio un encendido discurso a la medida de las aspiraciones nacionalistas en esa nación, con un fuerte contenido contrario a Rusia. Con este gesto y estas palabras, Trump busca distanciarse de su propia pesadilla del Rusiagate, ya que hay cada vez mayores indicios de que el régimen de Vladímir Putin contribuyó a perjudicar a la candidata Hillary Clinton en la campaña presidencial de 2016, y que en esto habría habido connivencia con el círculo más cercano de Trump. Por otro lado, el actual gobierno polaco es de tinte euroescéptico pero a la vez necesita a la Unión Europea para no quedarse aislada; con lo que la visita de Trump le permite mostrar un margen de autonomía frente a Bruselas, sin salirse del club.
La reciente salida de Estados Unidos del Acuerdo de París por el cambio climático, en la que volvió a insistir Donald Trump en Hamburgo, ha expuesto una fisura en el bloque occidental. Por el momento, esta decisión no ha arrastrado a otros países a tomar el mismo derrotero, y es un hecho singular que la República Popular China, uno de los grandes contaminantes del planeta, aún no lo haya hecho, quizás como una medida diplomática y no por convicción sincera. Resulta evidente que Xi Jinping busca que su país juegue como un actor global, y la oportunidad es la de presentarse como un alter ego de Trump, de allí que prometa mantener el acuerdo sobre cambio climático. Sea como fuere, la actitud del gobierno estadounidense puede provocar la salida o desinterés de otras naciones, con lo que el Acuerdo de París puede convertirse en letra muerta.
Donald Trump también fue la nota discordante en cuanto al libre comercio, pero en esto los europeos se adelantaron al darle un nuevo impulso a las negociaciones con Japón para un tratado. Un bloque económico y una nación que, en términos generales, se han caracterizado por políticas proteccionistas en rubros como la agricultura y los automóviles, finalmente optan por sentarse a debatir estas cuestiones puntuales, a fin de compensar el muro que la presidencia de Trump está generando en el intercambio mundial. Es una actitud radicalmente diferente a la ensayada en el triste período de entreguerras, cuando todos los países comenzaron a encerrarse tras barreras tarifarias, creyendo que la autarquía los haría invulnerables ante un nuevo conflicto planetario.
Las discrepancias de Trump con la Unión Europea no pueden ser compensadas con el intento de acercamiento a Rusia. El presidente Putin tiene una agenda internacional clara: provocar la separación de la Unión Europea; intervenir en favor de Bashar al Assad en Siria, en alianza con Irán; sostener al régimen de Corea del Norte, para contrarrestar el peso estadounidense de Estados Unidos en Asia Oriental; preservar a Crimea en la Federación de Rusia. En los últimos tres puntos, la colisión con Donald Trump es inevitable.
El protagonismo de Trump en la arena internacional no puede tapar la creciente sospecha de su participación en el Rusiagate, lo que irá debilitando su credibilidad interna. Habremos de ver si logra sortear esta situación en los próximos meses, o si seguirá creciendo como una bola de nieve que pueda arrastrar al Partido Republicano.
El G-20 de este año ha servido para mostrar el juego de cada país en el tablero, con nuevos posicionamientos y estrategias. Ante el desinterés del actual gobierno de los Estados Unidos por Europa, el eje franco-alemán cobra protagonismo en busca de un mayor espacio para preservar una economía global que se rija por acuerdos multilaterales y reglas de juego claras y transparentes.

lunes, 3 de julio de 2017

Hong Kong: 20 años en la República Popular China.


Por el Tratado de Nanking, celebrado en 1842 tras la primera guerra del opio entre el Reino Unido y el Imperio Chino de la dinastía Qing, la rocosa isla de Hong Kong pasó a ser colonia británica. Luego se anexaron otros territorios a la misma, hasta que en 1898 se añadieron partes del continente, a fin de servir como barrera de contención y zona agrícola para la colonia. Esta posesión sirvió como punto de enlace del comercio británico con China meridional, depósito de bienes -que incluía el opio- de importación y exportación, talleres de reparación de navíos y puerto de salida para los emigrantes chinos hacia otras latitudes, como la costa del Pacífico de los Estados Unidos. Esta situación se mantuvo hasta la segunda guerra mundial, cuando la colonia fue invadida por los japoneses, a pesar de la resistencia de las escasas tropas allí localizadas, que incluían un contingente canadiense.
Los británicos recuperaron la posesión de Hong Kong en 1945, a pesar de las aspiraciones del gobierno nacionalista chino de Chiang Kai Shek. Tras la creación de la República Popular China en 1949 en China continental, y el gobierno nacionalista alojado en la isla de Taiwán, Hong Kong permaneció como un reducto occidental. Esta colonia se fue convirtiendo en uno de los más centros financieros más grandes del planeta, además de prosperar con su industria textil y astilleros. Lejos de hundirse por su desconexión comercial con el sur de China, se dio un salto cualitativo por su apertura económica. Las claves fueron el sistema jurídico británico, el llamado common law, y la economía de mercado. Fueron sus instituciones estables y liberales las que sirvieron como marco jurídico al despliegue del Hong Kong de la posguerra.
Pero ya en los años ochenta, las autoridades británicas y chinas comenzaron la discusión sobre el fin del tratado de arriendo de 1898, que se había celebrado por 99 años. Esto implicaba la devolución de las parcelas continentales de Hong Kong en 1997. Ya el Reino Unido no era el Imperio Británico de antaño, por lo que se estipuló que Hong Kong era una unidad, y que como tal debía negociarse su restitución a China. 
En 1984, siendo Margaret Thatcher la primer ministro británica, se celebró la Declaración Conjunta Sino-Británica, por la que se estableció que Hong Kong habría de gobernarse desde 1997 hasta 2047 por la Ley Básica (Basic Law) como una región administrativa autónoma dentro de la República Popular China. La Basic Law protege durante cincuenta años la vigencia del common law, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno a través de una legislatura. Es decir: preserva las libertades fundamentales de los habitantes de Hong Kong, en el marco de la política de "un país, dos sistemas". Entre 1992 y 1997, el último gobernador británico de la colonia, el político conservador Chris Patten, dejó plantada la semilla de la libertad política, ya que impulsó la introducción de un sistema electoral en el cual los ciudadanos votaban directamente un tercio de la legislatura, y el resto a través de un sistema corporativo con representación de las empresas, gremios, asociaciones religiosas. Esto significó el nacimiento de partidos políticos que, en su gran mayoría, se oponen al régimen represivo existente en la República Popular China.
Desde 1997 hasta hoy, los sucesivos gobiernos de la República Popular China están intentando debilitar los aires democratizantes que vienen desde Hong Kong y que pretenden ir ganando terreno en el resto del país. Los gobernadores de Hong Kong son elegidos de una terna de candidatos, que siempre responden a los deseos de Beijing. Movimientos por la libertad política como la "revolución de los paraguas" van ganando terreno en la opinión pública de Hong Kong, y reivindican una mayor autonomía -e incluso la independencia- frente a la República Popular China.
La gran debilidad de Hong Kong reside en que la Basic Law no es más que una ley que puede ser derogada por el gobierno de Beijing, y que hasta ahora ha mantenido por su propia conveniencia. Se pretende seducir, desde el continente, a Taiwán con el modelo de "un país, dos sistemas", a fin de reunificar a ambas partes. 
La reciente visita del presidente Xi Jinping y el despliegue de fuerzas militares, son señales de que el régimen del Partido Comunista chino pretende poner vallas a los sentimientos liberales que se respiran en Hong Kong. La nueva gobernadora Carrie Lam se encuentra en perfecta sintonía con la política de Beijing, con lo que se anticipa una severa confrontación con sus conciudadanos. 
Habremos de ver si Hong Kong gana las mentes del resto de los chinos con su ejemplo de democracia liberal -a pesar de todas sus limitaciones-, Estado de Derecho y economía de mercado, o si bien se deja someter a un sistema de partido único, con libertades restringidas y tuteladas por el Estado.

domingo, 18 de junio de 2017

La era Macron.


La segunda vuelta de los comicios para la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento francés, confirmó el inicio de una nueva era política: la de Emmanuel Macron. Los dos grandes partidos tradicionales de la V República, los conservadores gaullistas reunidos en Los Republicanos, y el Partido Socialista, han quedado desplazados en las urnas. Todo estaba servido para el triunfo de Los Republicanos, pero la debacle comenzó cuando su candidato François Fillon tuvo que hacer frente a las revelaciones del semanario Le Canard Enchainé sobre los falsos empleos que habrían tenido su esposa e hijos a costa de los contribuyentes. Fillon apeló a un electorado que prestó más atención a su discurso sobre la familia tradicional, pero no le resultó suficiente para llegar al ballottage. Así, Los Republicanos se vieron desplazados por un recién llegado, un parvenu de la política como Emmanuel Macron, que hizo frente a la amenaza populista ultranacionalista de Marine Le Pen.
El Partido Socialista francés, la contracara del gaullismo, quedó ampliamente derrotado tras el quinquenio deslucido y decadente del presidente Hollande, quien ni siquiera se animó a presentarse a la reelección. 
El joven partido del presidente Macron, La République en Marche, en alianza al centrista Mouvement Démocratique (MODEM) de François Bayrou, ha logrado 359 escaños de la Asamblea Nacional, en tanto que la principal fuerza opositora serán Los Republicanos, con 131, en alianza con la centrista UDI. Los socialistas habrán de conformarse con menos, tan sólo treinta bancas. 
El Frente Nacional, finalmente, cosechó menos curules de los que había proyectado. En los conteos de la noche del domingo, se estiman ocho, sumando a Marine Le Pen, que por primera vez ingresa al hemiciclo. Desde la extrema izquierda asoma el bloque de la Francia Insumisa con Jean Luc Mélenchon, un admirador del régimen bolivariano de Venezuela, así como ocho diputados del Partido Comunista.
Es claro que se abrirá un ciclo de disputas por el liderazgo tanto entre los conservadores como en el Partido Socialista. La mayoría holgada de 359 bancas sobre un total de 577 le da una gran oportunidad al presidente Macron para dar inicio a las reformas profundas que se precisan en Francia, para darle competitividad y productividad a su economía, tan regulada y asfixiada por un enorme sector estatal. Francia casi triplica el porcentaje de empleo público con respecto al de la República Federal Alemana, y es casi diez puntos superior al promedio de la OCDE. Con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Francia cobra mayor importancia para el proceso de integración tan cuestionado en estos años. Será el único país del bloque europeo con un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, el único con capacidad nuclear y con un rol protagónico en África. Pero este despliegue político, diplomático y militar debe estar respaldado por crecimiento económico, el elemento que está fallando en la ecuación gala. A esto se añade la conflictiva relación que los franceses tienen con la región del Magreb, con el mundo árabe en general, los problemas de integración de los inmigrantes y la alta tasa de desempleo de los jóvenes.
El presidente Macron, no obstante, no tiene un cheque en blanco, más allá de la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional: la baja participación en los comicios es un llamado de atención, que no deslegitima el resultado, pero que sí advierte de la falta de entusiasmo de más de la mitad de los ciudadanos.

domingo, 11 de junio de 2017

Elecciones británicas y francesas.


El jueves 8 de junio se celebraron elecciones anticipadas en el Reino Unido, por convocatoria de la primera ministra Theresa May, con el objetivo de ampliar la mayoría conservadora en el Parlamento. Falló. La mayoría obtenida en 2015, con David Cameron, se redujo a ser la primera minoría en la Cámara de los Comunes, por lo que deberá recurrir a los votos del Partido Unionista del Ulster, de Irlanda del Norte, para alcanzar el número necesario de 326 escaños. Severo traspié para Theresa May, quien asumió como primera ministro tras la renuncia de Cameron, al triunfar la opción de la salida del Reino Unido de la Unión Europea en 2016, más conocido como Brexit. En el régimen parlamentario británico, el primer ministro es el presidente del partido mayoritario -o, como en este caso, de la primera minoría a la que la Reina le otorgue el mandato de formar gobierno-. Al renunciar Cameron, se realizó una elección en la bancada conservadora para elegir a su sucesor, y Theresa May ganó frente a Andrea Leadsom y Michael Gove. 
May apostó a negociar desde una postura de dureza frente a la Unión Europea, que no le hace fácil la salida, lo que es una señal fuerte hacia quienes sueñen con hacer lo mismo en el futuro. Por otro lado, Theresa May buscaba un mandato claro que le permitiera gobernar durante un quinquenio en medio de las turbulencias del Brexit, que tendrá un alto costo económico para los ciudadanos. La paradoja es que este resultado electoral agrega incertidumbre al Reino Unido por los próximos años. La alternativa laborista de Jeremy Corbyn, un líder muy cuestionado por su propia bancada pero que recibe el apoyo entusiasta de sus militantes, está muy corrido a la izquierda y rompió con la política amigable a la economía de mercado de Tony Blair, el político que llevó a la victoria a su partido en 1997 después de dieciocho años en la oposición. No obstante, es difícil predecir si Corbyn alcanzó su propio techo, o si bien este corrimiento a la izquierda del laborismo será la tónica imperante de los próximos años.
El Scottish National Party (SNP), que impulsa la independencia escocesa, ha retrocedido en escaños en Westminster, en tanto que los Liberal Demócratas apenas han subido, tras la debacle de 2015, a pesar de su discurso europeísta con el afán de sumar las voluntades de quienes se opusieron al Brexit en 2016. Este tercer partido, resultado de la fusión del viejo Partido Liberal (whig) con el Partido Socialdemócrata en 1988 -escisión del laborismo-, sigue pagando los costos de su coalición con David Cameron en 2010-2015. El UKIP, el gran impulsor del Brexit, ha quedado en la irrelevancia al recoger un magro 1,8% a nivel nacional, sin bancas en la Cámara de los Comunes.
Tres días después, el domingo 11 de junio, Francia fue nuevamente escenario electoral, esta vez de renovación de la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento galo. Estos comicios tienen doble vuelta, y los diputados son elegidos en circunscripciones uninominales, debiendo alcanzar el 50% en la primera ronda, o la mayoría simple en la segunda, del domingo 18 de junio. El tsunami de Emmanuel Macron llegó a las urnas parlamentarias, ya que su nuevo partido La République en Marche (LREM) estaría obteniendo una arrolladora mayoría de 400 bancas, de un total de 577. Esto le permitiría gobernar sin la necesidad de formar coalición con alguno de los dos partidos tradicionales de la Francia de posguerra, a saber, el Partido Socialista (PS) o los conservadores neogaullistas (Los Republicanos, LR). La formación conservadora quedará como principal fuerza de oposición, aunque con una voz reducida, en torno al centenar de escaños. Los otros partidos, juntarán apenas puñados de decenas, o el Frente Nacional de Le Pen, menos de diez curules. Esta vertiginosa reconfiguración del sistema de partidos de la democracia francesa le da aire al presidente Macron para emprender las reformas necesarias de modernización y flexibilización de la economía, en una sociedad tan acostumbrada al estatismo y las regulaciones que la han hecho rígida y poco competitiva. 
En ambos países, el sistema de circunscripciones uninominales -en Europa conocido como sistema mayoritario- pone en evidencia, una vez más, cómo distorsiona los resultados, brindando una supremacía artificial de bancas al partido más votado.
Estos dos procesos electorales testimonian los cambios profundos que se están operando en las democracias occidentales, que hacen temblar los cimientos de los partidos tradicionales. Los líderes de estas formaciones no están haciendo la lectura certera de los acontecimientos, envueltos en la vorágine, y pretenden refugiarse en lo conocido, sin advertir que corren riesgo de extinción. Los franceses, si bien hay una abstención mayoritaria, se han volcado por una alternativa de centro, alejada del populismo. Los británicos, en cambio, se adentraron por un camino de incertidumbre hacia la soledad, mientras debaten su propia identidad por las tendencias centrífugas de escoceses, norirlandeses y galeses.


jueves, 25 de mayo de 2017

Donald Trump en Medio Oriente.


El presidente Donald Trump, en su gira por Medio Oriente, dejó en el olvido sus proclamas antiislámicas y, particularmente, contra Arabia Saudí durante la campaña electoral de 2016. El régimen saudí también lo hizo. Fue más fuerte el compromiso de compra de armamentos por valor de 110.000 millones de dólares en diez años, adquisición que servirá para esta monarquía absoluta del Golfo Pérsico como elemento disuasivo frente a la República Islámica de Irán, un enemigo que tiene en común con el Estado de Israel. Una cifra que supera a la ya considerable de 38.000 millones de dólares de ayuda militar de Estados Unidos al Estado de Israel, rubricado por el entonces presidente Obama en septiembre de 2016.
Tras la primera guerra mundial, en el mundo árabe -hasta entonces mayormente sometido por el moribundo Imperio Otomano- se desarrolló la idea de unificarse en un solo Estado con la monarquía como forma de gobierno. Esta promesa se diluyó cuando amplios territorios de población árabe fueron otorgados como "mandatos" de la Sociedad de las Naciones a Francia y el Reino Unido, que los asistirían hasta alcanzar su capacidad de gobernarse a sí mismos. En el ajetreado período de entreguerras, en las monarquías hachemitas de Irak y Transjordania -tuteladas por Gran Bretaña- como en Siria -bajo mandato francés- se sintió la influencia germánica para unificarse, con un fuerte contenido antisemita y contrario a las democracias occidentales. Este sentimiento panarabista -que ponía énfasis en la lengua y cultura árabes como elementos centrales, no en la religión-, se vio fortalecido y expresado políticamente después de la segunda guerra mundial, con la retirada de británicos y franceses de Medio Oriente. Fue Nasser quien supo encarnar al panarabismo secular, de apariencia "republicana" y socialista; en tanto que Arabia Saudí se presentaba como la expresión de lo árabe con acento en la religión islámica, la monarquía absoluta tradicional y en alianza con los Estados Unidos. Nació, así, la "guerra fría árabe" entre Egipto y Arabia Saudí, que tuvo escenarios de enfrentamiento indirecto como Yemen. Esta "guerra fría árabe" se diluyó cuando Anwar al Sadat trabó alianza con los Estados Unidos y dejó a un lado las pretensiones de liderazgo del mundo árabe, al ser el primero en reconocer diplomáticamente al Estado de Israel. 
Contemporáneamente, el eje del conflicto se trasladó al plano religioso. Ya no con Egipto en torno a la unificación de los pueblos árabes, sino de Arabia Saudí con Irán en torno al panislamismo. La dinámica se hizo más explosiva, ya que la República Islámica de Irán es un régimen de apariencia republicana y de inspiración teocrática, pero de la corriente minoritaria del Islam, la Shía duodecimana. La monarquía saudí se siguió presentando como el gran centro islámico de los sunnitas, en tanto que Irán de los shiítas. La singularidad de la monarquía de la familia Saud es que en su territorio se encuentran dos centros históricos para la historia islámica, a saber: Makka (La Meca) y Madina (Medina), y a la primera de estas ciudades es que los musulmanes deben peregrinar por lo menos una vez en la vida. La revolución islámica iraní, que depuso a la monarquía del Sha Mohammed Reza Pahlevi, comenzó a poner en cuestión a este tipo de regímenes, ya que señalan que no es de carácter musulmán. Comenzó, de este modo, la "guerra fría del Golfo Pérsico".
Claramente hay una diferencia abismal entre el modo de vida occidental de Estados Unidos, de imperio de la ley y libertad individual, con respecto al de Arabia Saudí. El régimen de los Saud tampoco ha reconocido al Estado de Israel; no obstante, los tres países tienen un enemigo en común, que es Irán. De allí que, más allá de toda la retórica antisionista de Arabia Saudí, este país nunca participó de las coaliciones militares contra Israel. Hay una alianza tácita, unidos por el espanto, frente a Irán, que sostiene a Hizballah en Siria y actualmente a los rebeldes Huthi en Yemen en su guerra contra el gobierno, aliado a Arabia Saudí. 
No se trata, pues, sólo de desear la paz, sino de mantener un equilibrio delicado para evitar conflictos.
Medio Oriente, con su intrincada complejidad, escapa a todos los moldes que pretendan encuadrarlo en bloques nítidos. Esto lo aprendieron a la fuerza todos los poderes extraterritoriales que allí se adentraron, con mayor o menor fortuna. También lo aprendió la diplomacia estadounidense tras la segunda guerra mundial, y es preciso que la nueva administración no busque reducir a simplismos un escenario tan explosivo y con tantos matices sutiles, a fin de evitar males mayores de alcances planetarios.

lunes, 15 de mayo de 2017

El eje Merkel-Macron


Lunes 15 de mayo de 2017: Emmanuel Macron viajó a Berlín para reunirse con la canciller Angela Merkel, en su primer día en la primera magistratura. Es evidente que el presidente galo conoce bien el lenguaje de lo simbólico, al exponer su deseo de que el eje París-Berlín se afiance en medio de tantos terremotos para la Unión Europea. Se remontan a la alianza entre De Gaulle y Konrad Adenauer después de la segunda guerra mundial, como señal de los nuevos tiempos que nacían tras dos conflagraciones de alcance planetario. Y si sumamos la guerra franco-prusiana de 1870, fueron tres los conflictos armados entre ambas naciones en menos de una centuria. Viejos y exhaustos rivales, alemanes y franceses tomaron conciencia de los horrores de la guerra, de las heridas que nunca terminaban de cerrar, y de que el centro político y económico se desplazaba hacia otros países que emergían victoriosos de las cenizas de 1945: los Estados Unidos, al otro lado del Atlántico, y la Unión Soviética, el baluarte del marxismo-leninismo que manejaba Stalin con su implacable mano de hierro. Y a pesar de las diferencias ideológicas de los mandatarios alemanes y franceses, ese eje se mantuvo vivo con François Mitterrand (socialista) y Helmut Kohl (demócrata cristiano), y más recientemente con Jacques Chirac (conservador gaullista) y Gerhard Schröder (socialdemócrata).
De allí la importancia crucial y trascendente de construir lo que hoy es la Unión Europea, a partir de procesos de integración que buscaban derribar las fronteras de la desconfianza y del recuerdo más doloroso. La República Federal Alemana es el motor económico; la República Francesa es el motor político y diplomático, además de ser uno de los grandes países desarrollados. El triunfo de Emmanuel Macron pudo aventar el peligro de un quinquenio ultranacionalista y populista en París; la canciller Merkel, que buscará su cuarto mandato en septiembre de este año, se ha transformado en la referente ineludible de la UE frente a la crisis económica europea, el Brexit, del ascenso económico y político de la República Popular China, de las presiones de Vladimir Putin y los aires proteccionistas que ventila el presidente Trump. 
Angela Merkel ha encabezado dos de los tres gobiernos de "gran coalición" en la historia de la República Federal Alemana, conformados por la CDU (Unión Demócrata Cristiana) y el SPD (Partido Socialdemócrata), poniendo en evidencia su capacidad de liderazgo y flexibilidad. Cuando muchos se mostraban entusiastas del candidato socialdemócrata Martin Schulz para estos comicios, que ganaba terreno en las encuestas, la CDU logró en el último mes apoderarse de dos regiones hasta hoy administradas por el SPD: Schleswig-Holstein y Nordrhein-Westphalen, dos señales de espaldarazo a la canciller. Estos comicios marcan, también, el repunte de un aliado tradicional para la CDU a nivel nacional, como el partido liberal FDP, que en 2013 quedó fuera del Bundestag (cámara baja del parlamento germano) al no alcanzar el 5% mínimo de sufragios emitidos. Es muy probable, entonces, que en septiembre la CDU de Angela Merkel gane los comicios y que pueda gobernar en coalición con el FDP, su aliado natural, y la Unión Social Cristiana (CSU) de la región de Baviera, el gemelo meridional de la CDU. La fuerza populista euroescéptica y antiinmigrante que surgió con fuerza en estos años, la Alternativa para Alemania (AfD, Alternative für Deutschland), ha logrado ingresar a varios parlamentos regionales, y probablemente logre alcanzar el 5% nacional para ingresar al Bundestag. No obstante, está perdiendo el impulso inicial. Merkel, por consiguiente, no tiene frente a sí un desafío euroescéptico de la envergadura del Frente Nacional de la familia Le Pen. El SPD es un partido europeísta y su candidato a canciller, Martin Schulz, fue presidente del Parlamento Europeo. Los partidos alemanes que son críticos de la UE, la AfD y Die Linke ("La Izquierda", formada por los antiguos comunistas de la desaparecida Alemania oriental y el desgajo más a la izquierda de Oskar Lafontaine del SPD), no son rivales significativos y se ubican en los extremos del espectro ideológico. Cabe suponer, pues, que el próximo gobierno de coalición de Merkel será de centro-derecha hasta el 2021.
El presidente Macron, que nombró como primer ministro al conservador Édouard Philippe, del partido Los Republicanos, da una señal de que quiere orientar a su quinquenio hacia las reformas que hagan económicamente competitiva a Francia. Con un enorme peso del Estado en la economía gala, el sector público tiene un porcentaje de empleados muy superior al promedio de los países de la OCDE, triplicando el de la República Federal Alemana. Emmanuel Macron tiene como objetivo dar un oxígeno liberalizador a la economía y la sociedad, desmontando el estatismo intervencionista que le resta dinamismo a los franceses. De allí, entonces, que busque un gobierno en el que sume a los conservadores y a los sectores más centristas del Partido Socialista, con miras a tener una sólida mayoría parlamentaria en las elecciones legislativas del 11 y 18 de junio.
Si ambos líderes logran consolidarse, trabajar a la par y poner en marcha las reformas necesarias e ineludibles, la Unión Europea podrá ser un actor global frente a los desafíos internacionales que golpean a sus puertas, y devolver el entusiasmo al proyecto de la integración continental.



Otras lecturas recomendadas:

Merkel Gaining Political Momentum in Run-up to September 24 Election, por Jeffrey Rathke (CSIS).